Ánimo de venganza

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Desde su discurso inaugural, el 1o de diciembre de 2018, el presidente López Obrador se vanaglorió de no ser un hombre de venganzas. Lo ha reiterado en múltiples ocasiones. “No quiero que se vaya a pensar que soy verdugo, no es mi fuerte la venganza”, dijo el 26 de agosto de 2020 al referirse a la consulta sobre la posibilidad de enjuiciar a los expresidentes de la república. “No es mi fuerte la venganza, yo lucho por la justicia”, afirmó el 26 de octubre de 2021 al hablar sobre el prolongado encarcelamiento de Rosario Robles. 
Este reiterado rechazo a la venganza es congruente con la ideología de un político que ha expresado su admiración por las ideas de Jesús de Nazaret o de Mahatma Gandhi. Es “apasionante y bella la vida y la obra de Jesús, sobre todo por su sincero amor a los pobres y su actuación consecuente sobre la no violencia”, señaló en un video que dio a conocer apenas este pasado viernes santo, el 15 de abril, y añadió: “No es casual que Gandhi dijera: ‘No sé de nadie que hubiera hecho más por la humanidad que Jesús’”. Gandhi es, sin duda, uno de los personajes más simbólicos de la tradición de rechazo a la venganza y a la violencia. Una de sus frases más citadas es lapidaria: “Ojo por el ojo y el mundo acabará ciego”. 

Mientras el presidente rechaza la venganza en el discurso, sin embargo, la promueve constantemente en los hechos. Lo estamos viendo en las acciones que él y sus incondicionales están tomando después de la primera gran derrota legislativa de la Cuarta Transformación, el rechazo de los diputados a la reforma constitucional en materia de electricidad. 
El primer acto de venganza ha sido casi infantil. Antes de que se votara la reforma, la Cámara de Diputados recibió una iniciativa de reforma a la Ley Minera para crear un monopolio gubernamental para la explotación del litio. Hasta ahí no había problema; pero la venganza se manifestó en el hecho de que la mayoría oficialista decidió, al parecer por instrucciones del Ejecutivo, saltarse todos los procedimientos. La iniciativa no fue sometida a comisiones para su estudio y dictamen, sino que se mandó directamente al pleno para su votación, sin que la mayoría de los diputados, ni siquiera los oficialistas, la hubiera leído. Era una venganza, una forma de demostrar a los diputados de oposición que no son necesarios en un país controlado por un partido hegemónico. 

Otro acto de venganza es la campaña para tildar de traidores a la patria a los diputados que votaron contra la reforma eléctrica. La campaña ya ha empezado. Morena está dando a conocer fotos y nombres de diputados de oposición en un verdadero linchamiento. Ha sido el caso de Annia Sarahí Gómez Cárdenas, diputada por el PAN de Monterrey, de quien los mensajes advierten: “Que jamás se nos olvide que es una traidora a la patria”. La diputada ha respondido en Twitter: “Esto es polarizar y promover la violencia y el odio. Hago responsable al partido político Morena y a sus dirigentes nacionales y en Nuevo León de cualquier cosa que me suceda y ponga en peligro mi integridad o la de mi familia y cercanos”. 
Promover el odio de quienes votaron con independencia es una venganza. Quizá el presidente debería hacer menos declaraciones sobre el tema y asumir una actitud más tolerante a los puntos de vista de los demás. O tal vez debiera revisar el cuento “Episodio del enemigo” de Jorge Luis Borges, ese autor que le gusta citar: “La venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón”. 

Monreal
Frente al ánimo de venganza de tantos morenistas, contrasta la tolerancia del líder de los senadores de Morena, Ricardo Monreal, quien dice que hizo falta diálogo para alcanzar la mayoría calificada en la reforma eléctrica y se ha negado a calificar como traidores a la patria a quienes votaron en contra. 

«No es mi fuerte la venganza, y si bien no olvido, soy partidario del perdón»
Andrés Manuel López Obrador

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